“Me aterra no poder enmendar las palabras una vez pronunciadas, que esas palabras sepan mucho más de lo que yo sé”, extraída de “La clase de griego” de Han Kang, es la frase con la que os invitamos a participar esta semana en nuestro espacio.
Y os propongo escribir alguna escena en la que reflexionemos acerca de algún momento en el que dijimos (o dejamos de decir) algo de lo que más tarde nos arrepentimos, y a que le prestemos especial atención a algo muy importante en la literatura y a lo que volveremos más adelante: los silencios.

Hablar de la autora surcoreana Han Kang es hablar del silencio. Cuando empezamos a leerla, enseguida notamos que su voz es como un susurro que nos lleva a detenernos y a escuchar. En 2024, la Academia Sueca le concedió el Nobel de Literatura, celebrando una obra que explora, con delicadeza y valentía, la fragilidad del cuerpo, el silencio, la memoria y el dolor.
Ella escribe como quien camina por un paisaje después de una tormenta: todo parece en calma, pero bajo la superficie late algo inquietante, que nos obliga a mirar de nuevo. Las palabras avanzan despacio, como si supieran que lo importante no es lo que se dice, sino lo que queda temblando después.
Su novela más conocida, La vegetariana, es una historia aparentemente simple: una mujer decide dejar de comer carne y eso se transforma en una grieta que atraviesa la vida familiar, social y emocional de quienes la rodean. A través de ese gesto silencioso, la autora nos habla de la resistencia del cuerpo, de la violencia cotidiana y de la dificultad de ser libre en un mundo que espera obediencia.
En otras obras como Actos humanos, Kang vuelve la mirada hacia la memoria histórica de Corea del Sur y hacia las heridas de la violencia colectiva. Allí su escritura se vuelve aún más luminosa y dolorosa, como si cada palabra tratara de sostener la dignidad de quienes ya no pueden hablar.
Sus novelas no increpan, observan. Y en ese acto, aparecen la violencia que atraviesa la historia, la soledad y la dificultad de habitar el propio cuerpo.
En La clase de griego, quizá una de sus obras más delicadas, asistimos al encuentro entre dos silencios: Una mujer que ha perdido la voz y un profesor que está perdiendo la vista. Entre ambos surge una relación extraña y hermosa, construida, no sobre lo evidente, sino sobre lo que falta. Ella se acerca al lenguaje, desde la pérdida, mientras que él se acerca al mundo, desde la oscuridad que avanza.

En definitiva, la obra de Han Kang no solo se lee, sino que nos invita a que escuchemos lo que dice el silencio y eso os propongo también, con el ejercicio de esta semana.
Podéis escuchar el programa en el siguiente enlace: