Se me llenan de olas los ojos

Se me llenan de olas los ojos

Quién nos diría, hace apenas unos meses, que cada día íbamos a amanecer con la incertidumbre tan presente. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿El detonante fue, como cuenta la leyenda, que un chino se comió un murciélago? Todos estaremos de acuerdo en que sea como sea, la película empezó mal y todos deseamos que termine mejor.

Sí, por una vez el tiempo está poniendo algunas cosas en su sitio ¿dónde están ahora todos esos valientes que sólo saben destrozar a pedradas los tejados ajenos? ¿Qué cuento nos creemos? Nadie ha sido educado para sortear las minas de este campo. Algunos no nos hemos visto nunca ante tan poco cielo al que implorar misericordia. Se yuxtaponen las cruces en los mapas y el virus tampoco entiende de clases sociales. Ahora, nos toca ocupar nuestro “no lugar”, aunque a algunos -a los de siempre-, lo único que les preocupa es poder sufragar sus gastos.

Tendremos que agarrarnos fuerte a alguna mentira, suplicar su cobertura y armarnos de estoicismo hasta que amaine la tormenta. Pero, sobre todo, deberíamos llevarlo con la máxima discreción. Al final, todos tendremos que jugarnos la vida al solitario. Aquí no importan tus años de experiencia, ni lo profunda que sea tu esperanza. Ahora, todos somos jueces y parte de un puzle líquido. Ya no nos avalan los pájaros en mano -me alegra comprobar que, por una vez, acertamos quienes siempre apostamos por los cientos volando-.

Ojalá que después de esta deriva, alcancemos una orilla en la que quepamos todos. Mientras tanto, cuidemos del único mango que tiene esta sartén. Si el horizonte aún no se ve, tendremos que pintarlo. Ahora, no tiene sentido ninguna desproporción. Blanqueemos el interior y que se pudran las fachadas. Salvemos sólo lo imprescindible, que es nuestra dignidad. El resto, ya se lo repartirán los buitres.

Dejemos de mirarnos el ombligo, ahora todos somos capitanes de este barco y nos toca remar hacia el único puerto que sigue en pie. Está en juego la vida y eso es muy serio. Algún día le tocará al enemigo tener miedo del antídoto que acabará con él. Mientras tanto, atrincherémonos en casa. Ya imagino los titulares y se me llenan de olas los ojos.

© Laura Santiago Díaz

Cuando despierten, nosotras seguiremos aquí

Cuando despierten, nosotras seguiremos aquí

Este año no pude escribir nada para el 8 de marzo. Siento tener que comenzar esta reflexión con un topicazo: todos los días son el día de la mujer, el perfil más vulnerable de todos los parásitos de la sociedad. Esta mañana, de entre toda la maraña de noticias, me detengo en un titular: el coronavirus pone en evidencia la carga sobre la mujer de los cuidados familiares. Para que haya amos tiene que darse la esclavitud y esta, como su vocablo, es femenina –la historia demuestra que siempre lo ha sido–.

Traemos el gen del cuidado de serie. Nunca ha habido mano de obra más rentable que el trabajo gratuito de las mujeres. Además, no solemos hacer mucho ruido, lo asumimos y seguimos, hasta que el cuerpo y la mente aguanten. Sin duda, me atrevo a afirmar que, a lo largo de nuestro ciclo vital, somos las que más abusamos del verbo renunciar. La sinergia del sistema patriarcal recae directamente sobre nosotras y en tiempos de crisis, esto se agudiza hasta límites alarmantes.

Sí, las crisis sirven para que nos replanteemos muchas cuestiones importantes. Una de las más evidentes es el desmedido riesgo que corre la sociedad ante una crisis de cuidados tan evidente: nunca se echa a suerte quién cuida y quién se queda sin cuidar, se da por sentado, salvo contadas excepciones, que aquí siempre nos toca la cruz a las mismas.

Las soluciones suelen llegar demasiado tarde. No estaría hablando de todo esto si viviera en un país que, a estas alturas, ya tuviera implantado una cultura empresarial y social en la que primaran la conciliación y los cuidados. Si ahora nos encontramos en el ojo de este huracán es porque aquí nunca ha interesado tomar conciencia de la necesidad inminente de atender a las necesidades de cuidados.

Que no nos engañen -y ahora no estoy haciendo ninguna distinción de género-, no es nuestra salud, ni nuestro bienestar lo que les preocupa ahora a los gobiernos, es la economía. Siempre es la economía. Ellos no están dispuestos a arriesgar un ápice de su integridad. Ahora, lo que interesa es que todo esto pase, que venga una gran ola y se lo lleve. Ellos pueden dormir tranquilos cada noche porque saben que, cuando despierten, nosotras seguiremos aquí.

© Laura Santiago Díaz. 11/03/2020.