Lo que queda de ella
balbucea palabras ininteligibles.
Pierde la mirada en acontecimientos
que sólo ella percibe.
Se arrastra por un patio de rosas amputadas.
En su lugar, brotan de las jardineras
cientos de cadáveres de pájaros
que, en sus fantasías, echa a volar hacia la playa.
le ha oscurecido la piel.
Camaleón nocturno que, con suerte,
nunca abre los ojos después de la dosis de las diez.
Aún tiene dos manos, pero son torpes,
como guantes de boxeo.
Con ellas golpea el aire viciado,
esperando abatirlo por KO.
Peleando a la contra con un pasado
que le sonríe desde la tumba.
Contra un futuro que se fuma sus cigarrillos
y se los apaga en la piel.
Son lunares, se miente,
cuando le preguntan en la consulta.
Voy a dejarlo, promete burlona
cuando la pastilla de las tres le devuelve,
por unos instantes, la sonrisa.
Le gusta jugar al escondite con la muerte.
La busca debajo de las ruedas,
cruzando la autopista.
En los precipicios del Orfidal,
en los dientes de los viejos cuchillos de cocina
o en los cristales rotos de las ventanas
por las que ha intentado lanzarse tantas veces.
Esperando que la muerte la encuentre
después de contar hasta diez.
Aplastada contra la acera,
o en un banco del parque, congelada,
sin que nadie pueda reconocerla.
Lo que queda de ella es una vieja muñeca de trapo,
sin pies ni cabeza.
El muñón de un espíritu inmundo,
que se fuma los puros robados con el ombligo,
y la esperanza puesta en el más allá,
del que es huésped desde su prenatalidad.


