La cita de hoy está extraída del final de Cuento de Navidad de Charles Dickens (1812-1870), una historia que conocemos todos como celebramos el Día de los Inocentes y los recuerdos, como las velas, brillan más, en Navidad, he querido traer a un clásico que a muchas y a muchos de nosotros nos ha acompañado en estas fechas.
En Dickens, la inocencia infantil es un tema central y trágico, reflejo de su propia infancia marcada por la pobreza y el encarcelamiento de su padre, lo que lo llevó a retratar niños vulnerables y desamparados en Londres (pensemos en Oliver Twist, David Copperfield, etc.).
Decía Chesterton de él, que sentía simpatía por los pobres, dándole a la palabra simpatía su sentido griego literal: sufría mentalmente con ellos y las cosas que le irritaban eran las mismas que a ellos y eso supo trasladarlo como nadie a sus obras.
Fue el primer escritor victoriano que concibió y creó una visión orgánica y completa de la vida contemporánea, centrándose en personajes “de a pie” y no en príncipes ni nobles.
No voy a detenerme en su biografía ni en su amplia bibliografía, pero sí en un dato que no tienen la suerte de tener la gran mayoría de los artistas, que es que tuvo mucho éxito en vida, desde sus primeras publicaciones, y sus reediciones continúan siendo éxito de ventas, y ello parte de tres claves, además, por supuesto, de que escribía maravillosamente bien. Muchas veces, en los talleres surge esta cuestión, por qué hay autores que tienen tanto tirón, y en Dickens, todas sus obras cumplen estas 3 condiciones:
La primera es que todas sus novelas están atravesadas por un eje que contrapone la intimidad cálida del hogar a la sordidez, la soledad y la pobreza de las ciudades.
La segunda es que todos sus personajes hiperbólicos, exagerados, quedan siempre en nuestro recuerdo, tienen su propia voz, y él solía recurrir a alternar el narrador omnisciente-narrador Dios, con el narrador en primera persona.
Y la tercera es la estructura: a él le funcionó muy bien la serialización, es decir, servirse de capítulos breves, cada uno con una definición temática que queda resumida en su título. Y comenzar con una presentación por parte del narrador omnisciente para, a continuación, dejar que fueran los propios personajes los que se mostraran.
Y para cerrar la sesión, el reto que os propongo es que escribáis recuperando esa ilusión que tanto sufrimiento le costó a Scrooge, el protagonista de la historia.
En estos tiempos Dickens que corren nos cuesta reír, pero hacerlo con el corazón es más fácil de lo que imaginamos —solo hay que aprender a mirar un poco más allá de nuestro ombligo y seguro que no nos faltarán motivos—, así que estemos atentos para escribir esta semana.
Esta semana hemos tenido un programa especial de Navidad de La Versalita —con villancico en directo incluido. Y, aunque sé que era un poco tarde, porque ya se había hablado mucho de él en todos estos días, en “La cita que transita” no quería dejar de rendirle mi humilde homenaje al eterno Robe Iniesta, líder de Extremoduro. Los versos propuestos son dos:
“Si el mundo arde, que arda por rebelde, no por cobarde” (…)
Hoy os voy a hablar con la sabiduría que me da el fracaso”, extraídos respectivamente, de los temas “Deltoya”, de Extremoduro y “Hablar con Sabiduría”, de Roberto Iniesta —en solitario.
El reto es que escribáis haciéndole un guiño al espíritu rebelde e inconformista del poeta extremeño. Os recuerdo que podéis enviar vuestros microrrelatos (de no más de 7 u 8 líneas) a laversalita@rtva.es
Y abríamos la sección escuchando «Ama, ama, ama que el alma ensancha», uno los muchos temas que han terminado convirtiéndose en himnosque además, es muy apropiado para estas fechas y una prueba de que detrás de esa imagen del Robe de las muchas “erres”: radical, rebelde e irreverente, también había un romántico —y qué difícil se nos hace hablar en pasado de alguien que siempre ha estado tan lleno de vida.
Y en relación con este tema, que compuso junto con Chinato, Robe alucinaría si supiera que el pasado domingo, Eduardo Dorado, el párroco de un pueblo de Burgos: Quintanilla de Riopico, habló a sus feligreses de su arte, recitándoles en mitad de la homilía parte de la letra de la misma vinculando su canción con lo que el Concilio Vaticano II llamaba las semillas del verbo (podéis pinchar aquí para ver la noticia).
Las pasadas semanas pasarán a la historia como unas semanas negras para el rock español, ya que nos han dejado Jorge Martínez, de Ilegales y Robe Iniesta, el líder de Extremoduro —y para el mundo de la cultura en general, pues también nos dejaron Raúl Malo, el cantante de los Mavericks, el gran Héctor Alterio o Rob Reiner, entre otros.
Desde muy joven, Iniesta mostró una gran pasión por la música, la poesía y la filosofía. Hace poco hablábamos en La Versalita de lo importante que era para un artista encontrar su estilo y él, sin duda, lo encontró muy pronto, combinando rebeldía, transgresión y visceralidad con pasión y emoción; conectando, como pocos con distintas generaciones, aunque, como todos los grandes, también tenía sus detractores, pues precisamente conquistó su popularidad desde la intransigencia, con un registro poético radical y canalla, sin concesiones a lo amable, pues siempre fue un inconformista, alguien que «sin patria y sin bandera, vivió siempre a su manera» y a quien «la corrección política siempre le pareció un disfraz para los malos».
En casa somos todos muy rockeros, sobre todo somos muy de rock español…Desde muy pequeños, hemos llevado a mis hijos al teatro, a recitales y a muchos conciertos, y hemos sentido su pérdida porque, tanto él, los Burning, Fito, 091, Los Secretos, Luz Casal, Tequila, Coque Malla y un larguísimo etc. son como de la familia y por eso, y porque sus letras, como las de Sabina o las de otros tantos, son poemas con mayúsculas y muchas de sus canciones, himnos, he querido sumarme a los muchos reconocimientos.
Algunas de sus canciones se han tildado de políticamente incorrectas, pero han sido la semilla de una nueva ola de bandas de rock que acercaron la poesía y la filosofía a los jóvenes, porque está claro que lo marginal o lo callejero no minimizan —en ningún caso— el apelativo de poesía.
En uno de sus temas, decía “Yo soy un poeta y mi vida, una letra que escribo en hojas en blanco”. Y lo repito, sé que se ha escrito y se ha hablado mucho de él en estos días —siempre pasa cuando los grandes se van— y reconozco que poco nuevo tengo que aportar.
Hace una semana, en El País leía en un artículo muy interesante de Isabel Rubio, en el que cuatro psicólogos habían analizado por qué sus letras habían tenido tanto éxito y habían concluido que quizá era porque se daba permiso para sentir en una sociedad que censura la tristeza, porque nunca tuvo miedo a hablar desde la herida, y eso es algo que conecta con todos los públicos, porque cualquiera de nosotros, a cualquier edad, se ha visto en una situación similar, y él ha sabido reírse como nadie de su propio dolor, de su enfermedad y de la muerte.
Llevé al programa, —aunque no hubo tiempo para comentarlo—, un ejemplar de la Revista Litoral, del año 89, al que le tengo muchísimo cariño porque es una auténtica joya dedicada precisamente a “La poesía del Rock”, que arranca con un artículo muy interesante de Miguel Ángel Fernández, en el que cuenta cómo nace el mismo de la mano de esas letras reivindicativas de la generación beat, con Allen Gisberg, Keruac, etc. Este recopila interesantes artículos y más de un centenar de los mejores poemas del rock internacional, desde John Lennon, Bob Dylan, a Leonard Cohen, la gran Patty Smith, Janis Joplin, Alice Cooper o Nick Cave, entre otros muchos. De él bebí mucho en mi juventud y descubrí a grandes poetas, a quienes sigo desde entonces.
Y volviendo a Robe, en 1987 fundó Extremoduro, con los que publicó discos esenciales en los 90 como Deltoya, Agila, Canciones prohibidas y Yo, Minoría Absoluta, junto a Iñaki ‘Uoho’ Anton, y ese sonido de tan característico, guitarras dobles, a lo Thin Lizzy con el que crearon escuela, como recordaba hace unos días, mi gran amiga la periodista Isabel Guerrero, especializada en periodismo musical.
En la nota que su familia y su equipo enviaron a los medios, expresaron que se trataba de la más triste de sus vidas, pues con ella despedían a quien consideran «el último gran filósofo, humanista y literato contemporáneo de habla hispana».
Y como decía, poco nuevo tengo ya que añadir, pero me gustaría terminar esta entrada animando a los oyentes a que esta semana escriban, recordando su filosofía y también sumándome a aquel mítico discurso que pronunció cuando le concedieron la Medalla Extremadura, reivindicando más espacios culturales para los jóvenes de nuestra comunidad y en Málaga en particular: más locales de ensayos, más salas para clubes de lectura, talleres de escritura, de teatro. Hay muchos centros para la tercera edad, y me parece genial, pero, ¿qué pasa con nuestros jóvenes?
Me encuentro con multitud de centros del ayuntamiento cerrados. Llevo diez años viviendo cerca del Parque del Oeste y hay un local increíble, perfectamente montado y amueblado, que no se usa, ¿por qué no les damos vida a ese y a otros tantos espacios para nuestros jóvenes creadores? ¿A qué esperamos? Pues como escribió él:
La cita que os propongo esta semana en La Versalita es escribir a partir del título de una de las novelas de la gran autora salmantina Carmen Martín Gaite: “Lo raro es vivir”. El reto es que lo hagáis a partir de lo primero que os evoque ya que es una entrada muy sugerente —os recuerdo que debe ser un texto de no más de 8 líneas, que debéis enviar a laversalita@rtva.es.
Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 – Madrid, 2000), habría cumplido 100 años el pasado 8 de diciembre y no quería terminar el año sin dedicarle un programa a la gran Carmiña, a la que admiro desde que leí, hace ya mucho tiempo, sus primeros libros.
Fue una completa intelectual, además de una fantástica novelista, cuentista, poeta, historiadora ensayista, y guionista que además, se volcó en sus cuadernos y en una obra impresionante para revelar no sólo su mundo interior sino también su particular visión de la cultura española de la segunda mitad del s. XX.
Era una mujer pasional, y muy humilde —algo que yo admiro profundamente, a pesar de ser una de las autoras nacionales más premiadas—. Alguien a quien la vida le enseñó muy pronto que a veces, en lo oscuro, en lo complicado, se toca la verdad, y que a pesar de ello, nunca perdió su amor por la vida ni su sentido del humor.
Ilustración: Nora Luque Santiago
En 1954 publicó recibe el Premio Café Gijón por El balneario.
En 1958 el Premio Nadal por Entre visillos
En el 63 queda finalista del Premio Biblioteca Breve por Ritmo lento.
En el 88 recibió el Premio Príncipe de Asturias, y en el 94, de nuevo el Nacional de Literatura, esta vez, por el conjunto de su obra.
Novelas como Nubosidad variable (1992), La Reina de las Nieves (1994), que dedicó a hija Marta, o Irse de casa (1998), culminaron una intensa carrera literaria.
Víctor García de la Concha siempre habló de ella como académica in pectore, ya que, pese a los intentos de incorporarla a la Real Academia Española por parte de sucesivos directores —Rafael Lapesa, Pedro Laín, Fernando Lázaro Carreter o él mismo—, ella siempre se resistió a formar parte de esta institución. Por cierto, hay un documental fantástico, que repusieron hace unos días en la 2, titulado como uno de sus últimos libros: “La Reina de las Nieves”, dirigido por Mariela Artiles, que os recomiendo, si aún no lo habéis visto (está en rtvaplayer).
Martín Gaite nació en el seno de una familia acomodada. En su primera infancia, ni ella ni sus hermanas fueron al colegio, pero sí recibieron clases particulares de Dibujo, Idiomas y Cultura General, y fue su padre quien, en realidad, le inculcó a la escritora su afición por el arte, la historia y la literatura. Ella contaba que por su casa pasaban los grandes intelectuales de la época: entre ellos, Unamuno.
En plena Guerra Civil, cursó el bachillerato, en el instituto femenino de Salamanca. En 1943 comienza Filología Románica, que culminó con Premio Extraordinario.
Y a finales del 48 viaja a Madrid donde entra en contacto con la llamada “Generación de Medio Siglo” a través de Ignacio Aldecoa, Fernández Santos, Medardo Fraile, Josefina Rodríguez, Alfonso Sastre y Rafael Sánchez Ferlosio; con quien años después contrae matrimonio.
Tienen un hijo, Miguel, que fallece con tan solo 7 meses por una meningitis. Eso la deja muy marcada, como años después, lo hará la muerte de su segunda hija, Marta, que fallecerá de SIDAa los 28 años.
Pero ella no se rindió.
En sus magníficos cuadernos, encuentra un refugio donde la vida se detiene y se construye, permitiendo transformar la realidad y el yo a través de la palabra, ya sea al narrar la propia vida o al crear ficción.
En el prólogo de sus “Páginas escogidas”, editadas por Siruela, José Teruel lo resume de una forma bellísima cuando escribió:
Martín Gaite convirtió el sufrimiento y la incertidumbre en palabra. Supo reencarnar el viejo mito de la imaginación romántica, tan exacto como difícil de explicitar: lo que perjudica al ser humano beneficia al creador.
Y ella, afirmó con rotundidad en muchas de las entrevistas que concedió:
«De todos los trances amargos que he pasado en la vida, siempre me ha salvado la palabra, la palabra escrita o dicha. La literatura nos salva la vida«.
Y hoy quería hablar de cómo escribir puede ser, como decía también Carmiña, un refugio y una isla, un espacio donde el tiempo se detiene y una se olvida del mundo.
Porque al final, como decía la autora en El cuento de nunca acabar: «Uno es lo que narra y cómo lo narra», y animaba a ver la propia vida con la fascinación de la ficción, y con esa vitalidad que la caracterizaba la escuchamos decir en más de una entrevista, «mientras dure la vida, sigamos con el cuento», y desde aquí, como cada semana, yo también os invito a que sigáis escribiendo, como hasta ahora y a que os dejéis llevar por ese título tan sugerente pues estoy segura de que Carmen, allá donde esté, va a recibir con el mismo entusiasmo que nosotros, todos vuestros relatos.
Si queréis escuchar el programa completo, podéis acceder desde el siguiente enlace:
La cita que os propongo esta semana está extraída de “El infinito en un junco”, de Irene Vallejo, un libro que no dejo de recomendar desde que lo leí, cuando llegó a las librerías en 2019. Tengo que reconocer que, de entre todas las que podía haber elegido, me ha costado mucho quedarme con una, pero finalmente, me he decidido por esta: “Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas”.
Irene Vallejo (Zaragoza, 1979), es Doctora en Filología Clásica por las Universidades de Zaragoza y Florencia, recibió el Premio Nacional de Ensayo en 2020 por esta obra, que es un recorrido fascinante sobre la historia de los libros y de quienes los han salvaguardado durante casi treinta siglos.
Una ruta con escalas en los campos de batalla de Alejandro y en la Villa de los Papiros bajo la erupción del Vesubio; en los palacios de Cleopatra y en el escenario del crimen de Hipatia, en las primeras librerías conocidas y en los talleres de copia manuscrita. En las hogueras donde ardieron códices prohibidos, en el gulag, en la biblioteca de Sarajevo y en el laberinto subterráneo de Oxford en el año 2000.
Un ensayo que se lee como una novela, pues está narrado con un tono personal y emotivo, mezclando referencias históricas con anécdotas propias que consiguen conectar rápidamente con el lector.
Y puede que sea ahí donde radique parte del éxito de que un ensayo de 500 páginas haya tenido tanta repercusión, aparte, por supuesto del enorme trabajo de documentación que hay detrás y de la trayectoria de la autora que, en otra cita magnífica del libro reconoce su compromiso al afirmar que las generaciones futuras tienen derecho a reclamarnos el relato del pasado.
«El infinito en un junco ha tenido una extraordinaria acogida entre la crítica y entre los lectores, y se ha convertido ya en un éxito editorial internacional -la prueba está en que se ha traducido a 45 idiomas y se está publicando en más de cincuenta países.
Y hoy quería aprovechar para hablar de lo importante que es alcanzar un estilo, porque a un escritor puede considerársele como tal cuando ya ha alcanzado su voz propia,ese sello que hace que se le identifique fácilmente.
Al igual que los bailarines, los escritores han de forjarse una cualidad musculosa y flexible a la vez, y eso es algo se obtiene por sedimentación y que se va perfeccionando a través de la práctica.
Podríamos decir que el estilo de un escritor es como su huella. Es la suma de todas esas peculiaridades que nos permiten reconocer y distinguir un fragmento de Virginia Woolf de uno de Baroja o de otro de Clarice Lispector.
Basta con leer unas pocas líneas o párrafos para distinguir un registro propio, una manera particular de presentar las ideas, de usar la puntuación o de colocar las palabras.
Todo está ya escrito y James Joyce lo resumió muy bien cuando dijo “Lo que importa no es lo que uno escribe, sino cómo escribe; (…) todo tiende a transformarse hoy en día, y la literatura actual solo será válida si acierta a reflejar esa inestabilidad”.
Y yo insisto mucho en mis talleres en lo importante que es encontrar esa manera de contar única que nos identifique, que debe ser algo primordial en todo aquel que quiera dedicarse a escribir.