“Morir lleva solo un corto tiempo —dicen que no duele—”, el inicio del poema “255” de Emily Dickinson, es la cita que os propongo esta semana para que enviéis vuestros microrrelatos, reflexiones o micropoemas inspirados en ella (de no más de 7 u 8 líneas) a laversalita@rtva.es.
La poeta estadounidense está considerada como una de las más grandes de habla inglesa de todos los tiempos, por su especial sensibilidad, misterio y profundidad y es de las pocas poetas mujeres que el canon ha situado junto a autores como Edgar Allan Poe, Ralph Waldo Emerson o Walt Whitman.
Aunque su poesía es única, y no puede ser comparada con la de ninguna ni ningún otro, —por su trascendencia, se la ha comparado—además de con los ya mencionados—, con autores como Robert Frost, Robert Browning o John Keats.
Pasó los 20 últimos años de su vida en su habitación, hasta su muerte en 1886, pues aseguraba que en el mundo de sus pensamientos, de las ideas y del lenguaje –de la conciencia misma– era donde se sentía más viva.
Durante su aislamiento voluntario sólo vistió de color blanco (según sus propias palabras fue “su blanca elección»), un rasgo que expresaba la ética y transparencia de su poesía. Su obra está considerada como intelectual y meditativa, sin mermar nunca su sensibilidad.
Tras su muerte, en aquella habitación se encontraron centenares de versos que se revelaron como uno de los logros poéticos más notables de la América del siglo XIX.Ella misma, llegó a dar una definición de la poesía que a mí me fascina cuando dijo: “Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía”.
“No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie… salvo uno mismo”, es la cita que os propongo esta semana. Está extraída de los valiosísimos Diarios de Virginia Woolf (Londres 1882- Sussex, 1941), una de las autoras más revolucionarias, e imprescindibles de la de la narrativa moderna del S. XX. Su obra ha reflejado siempre, con un lirismo impresionante esa apuesta a ser fiel a la propia identidad y su estilo se caracteriza por emplear con maestría el monólogo interior de sus personajes en su forma primigenia, tal y como surgen en la mente —algo que en “Las olas” lleva al límite, —al hacerlo, al mismo tiempo con seis personajes, desde su infancia hasta su vejez, y con un lirismo asombroso—.
La infancia de Virginia estuvo rodeada de intelectualidad. En su casa se respiraba arte, política y un ambiente tan liberal como complejo. Aunque solo sus hermanos varones pudieron ir a la Universidad, puesto que las mujeres debían quedarse en casa para cuidar del padre y ser educadas por un tutor.
A los 13 años, Virginia sufrió un duro golpe pues su madre fallece repentinamente, lo que le provocará su primera crisis depresiva. A esto se une que 2 años después, muere su hermana Stella. Pero por si esto fuera poco, en sus diarios, confiesa que fue víctima de abusos sexuales por parte de dos de sus hermanastros (hijos de un matrimonio anterior de su madre) y que a partir de ese trauma jamás pudo dejar desconfiar de los hombres.
Tras la muerte de su padre, Virginia y 3 de sus hermanos, Vanessa, Adrian y Thoby, se trasladaron a Bloomsbury, un barrio en la zona oeste de Londres. Aquella casa termina convirtiéndose en un centro de reunión para un grupo elitista de intelectuales británicos, (por allí figuras como Bertrand Russell, Wittgenstein, Eliot, Gerald Brenan, o Dora Carrington, entre otros muchos —formando el conocido «Círculo de Bloomsbury». Aquellas reuniones abren un nuevo mundo para Virginia, que de pronto, despierta a ideas sobre la igualdad, el feminismo, la aceptación, la libertad, el amor por el arte, el pacifismo o el ecologismo. Años después, escribirá su famoso ensayo “Una habitación propia”, que como todos sabéis se ha convertido en un icono del feminismo moderno.
En esas reuniones conoce al que será su marido, Leonard Woolf, con el que se casa en 1912, y en 1915 publica su primera novela “Fin de viaje”. A partir de entonces, el matrimonio funda la editorial Hogarth Press, que publicará a los grandes autores de la época (entre ellos la de Freud, la de Catherine Mansfield o la Vita Sackville-West), y también toda su obra. Woolf, además de una gran novelista, escribió relatos, ensayos y numerosos artículos sobre arte y literatura.
Aunque es cierto que no se trata de una autora fácil, si hay alguien que aún no ha leído nada de ella le recomendaría que comenzara leyendo sus relatos, que son impresionantes o sus novelas, Al faro, Orlando o La señora Dalloway, —que son más accesibles—, aunque yo, me quedo con “Las olas”, con sus ensayos y con sus diarios.
El final de Virginia es tristísimo. La mañana del 28 de marzo de 1941, llena de piedras los bolsillos de su abrigo y decide terminar con su vida ahogándose en el río Ouse, debido a una profunda depresión, agravada por el inicio de la Segunda Guerra Mundial (tanto su marido como ella estaban en la lista negra) y la destrucción de su hogar en Londres.
Deja dos notas de despedida tremendas, una para su hermana Vanessa y otra para su marido y, para terminar, me gustaría dejaros por aquí la traducción de esa nota, que me parece que es una de las más bellas declaraciones de amor que jamás haya leído:
«28 de Marzode 1941
Querido,
estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tu me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte… todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tu. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.
V»
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La cita propuesta el domingo 12 de octubre fue: «La esperanza es la vida misma defendiéndose», y está extraída de «Rayuela«, de Julio Cortázar, un autor que destacó por su experimentación con el lenguaje, por un estilo lúdico y humorístico y por saber integrar como pocos lo fantástico con lo cotidiano. sobre todo, por sus cuentos, que sin duda, revolucionaron el género. Su obra está impregnada por una gran imaginación y por esa gran capacidad que tuvo siempre para acercarse a la realidad desde una perspectiva fantástica.
Hay un dato clave en su biografía, y es que en su casa tenían un aparato enorme de radio desde el que seguía, sobre todo, los conciertos de jazz y los combates de boxeo de la época, y esos temas que estarán muy muy presentes en muchos de sus relatos: como Torito, El Perseguidor, o la propia Rayuela, donde se inspiró en los ritmos del jazz, que simboliza libertad e improvisación, para proporcionarles una estructura y un ritmo sus narraciones.
En 1951 comienza su exilio. Dedica su vida a viajar, aunque reside principalmente en París. Las traducciones que realiza de Edgar Allan Poe (entre otros) influyen en su obra, como por ejemplo en su colección de relatos Bestiario (1951).
A pesar de haber realizado distintas publicaciones durante todos estos años, no consigue su verdadera fama hasta la publicación de Rayuela (1963), con la que refunda el género de la “antinovela”, aunque a él nunca le gustó ese término. Para él fue un homenaje al juego.
Cortázar destaca por sus misceláneas donde mezcla narrativa, crónica, poesía y ensayo, como por ejemplo en La vuelta al día en ochenta mundos (1967) y 62, modelo para armar (1968). Si alguien no le ha leído aún, les recomiendo que comiencen por «Historias de Cronopios y de Famas» o por el conjunto de relatos “Final del juego”.
El viaje que realiza a Cuba en los 60, le marca tanto que ahí es cuando comienza su andadura política y su apoyo por los Derechos Humanos en Hispanoamérica. En Libro de Manuel (1973) es donde queda reflejado su compromiso político.
Cortázar fallece en París, un 12 de febrero de 1984, dejándonos una obra impresionante que recomiendo revisitar a menudo escuchando buen jazz de fondo.
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La cita propuesta el domingo 5 de octubre fue: «Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde», y está extraída de «El amante«, de Marguerite Duras, una de las escritoras y cineastas europeas más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, y la más elegante de la «nouveau roman».
Nacida en la Indochina francesa, sus experiencias vividas allí impregnaron su trayectoria. Escribió alrededor de cuarenta novelas, entre las que destacan El amante (ganadora del Premio Goncourt), La vida tranquila, Un dique contra el Pacífico, El amor o El Dolor —entre otras muchas— o el guion de la película Hiroshima mon amour.
Su narrativa, además de explorar de forma estremecedora temas como el deseo, el dolor, el amor, la memoria o el compromiso social, nos lleva a reflexionar mucho acerca de la escritura en ensayos tan fantásticos como «Escribir» o «La vida material«, donde nos dejó frases tan impresionantes como las que siguen:
“Con frecuencia hay relatos y con poca frecuencia hay escritura”
“Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.”
«Escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si uno escribiera».
“Debería existir una escritura de lo no escrito. Un día existirá. Una escritura breve, sin gramática, una escritura de palabras solas. Palabras sin el sostén de la gramática.”
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