Los versos de Sylvia Plath: “Ahora, que me he perdido a mí misma, estoy harta de equipajes”, de su poema “Tulipanes”, (escrito en 1961), son la propuesta que hemos elegido esta semana para animar a escribir a nuestros oyentes.
Y les planteamos escribir acerca de qué equipajes llevan, qué pesos, o qué versión de sí mismas o de sí mismos quisieran olvidar o bien, una breve carta dirigida a esa carga de la que se despiden…
La vida y la obra de Sylvia Plath parecen escritas con la misma tinta: una mezcla de belleza y de furia que a veces duele.
La autora nació en Boston, en 1932, y desde muy joven entendió que las palabras podían ser refugio y espejo, pero también abismo.
Escribió como quien intentaba descifrar un sueño antes de despertar. En sus poemas hay abejas, lunas, hospitales, nieve, sangre, maternidad y silencio. Pero sobre todo hay una voz ferozmente viva que convirtió la intimidad en un territorio literario.

Mucho antes de que el mundo hablara de vulnerabilidad o de salud mental con naturalidad, ella escribió sobre la depresión, el miedo, el cuerpo y la muerte con una sinceridad casi insoportable. No buscaba consolar, sino decir la verdad.
Su única novela, “La campana de cristal”, retrata la asfixia emocional de una joven brillante, separada del mundo por una transparencia cruel. El libro, profundamente autobiográfico, se convirtió con los años en una obra de culto para generaciones enteras, que encontraron en sus páginas el eco de una angustia que rara vez se nombraba.
Pero fue en la poesía donde la autora alcanzó una intensidad única. En poemarios como Ariel, publicado de manera póstuma, las palabras arden. Sus versos son precisos, salvajes y eléctricos y te da la sensación de que cada poema ha sido escrito al borde de un precipicio.
Su relación con el poeta Ted Hughes marcó buena parte de su vida y de su obra. Amor, admiración, traición y ruptura convivieron su relación en una historia tan intensa como dolorosa. Y alrededor de ella creció también el mito: el de la poeta brillante, atormentada, imposible de separar de su tragedia.
Sylvia Plath falleció en Londres en 1963. Tenía apenas treinta años cuando se quitó la vida, metiendo la cabeza en un horno de gas, pero décadas después, sus poemas siguen emocionándonos. Porque leerla es escuchar a alguien que convirtió su oscuridad en lenguaje. Y, desde ese lugar frágil y feroz, logró escribir algunos de los versos más desgarradores del siglo XX.
Por eso, esta semana les sugiero que escriban sobre aquello que les pesa y que ya no quieren cargar porque, tal vez, la literatura empiece exactamente en ese momento de liberación.
Podéis escuchar el programa en el siguiente enlace: