En un día tan especial como el de hoy, quiero compartir uno de mis audiopoemas. Puedes oirlo pinchando aquí.
Mar, 2020
En un día tan especial como el de hoy, quiero compartir uno de mis audiopoemas. Puedes oirlo pinchando aquí.
Este año no pude escribir nada para el 8 de marzo. Siento tener que comenzar esta reflexión con un topicazo: todos los días son el día de la mujer, el perfil más vulnerable de todos los parásitos de la sociedad. Esta mañana, de entre toda la maraña de noticias, me detengo en un titular: el coronavirus pone en evidencia la carga sobre la mujer de los cuidados familiares. Para que haya amos tiene que darse la esclavitud y esta, como su vocablo, es femenina –la historia demuestra que siempre lo ha sido–.
Traemos el gen del cuidado de serie. Nunca ha habido mano de obra más rentable que el trabajo gratuito de las mujeres. Además, no solemos hacer mucho ruido, lo asumimos y seguimos, hasta que el cuerpo y la mente aguanten. Sin duda, me atrevo a afirmar que, a lo largo de nuestro ciclo vital, somos las que más abusamos del verbo renunciar. La sinergia del sistema patriarcal recae directamente sobre nosotras y en tiempos de crisis, esto se agudiza hasta límites alarmantes.
Sí, las crisis sirven para que nos replanteemos muchas cuestiones importantes. Una de las más evidentes es el desmedido riesgo que corre la sociedad ante una crisis de cuidados tan evidente: nunca se echa a suerte quién cuida y quién se queda sin cuidar, se da por sentado, salvo contadas excepciones, que aquí siempre nos toca la cruz a las mismas.
Las soluciones suelen llegar demasiado tarde. No estaría hablando de todo esto si viviera en un país que, a estas alturas, ya tuviera implantado una cultura empresarial y social en la que primaran la conciliación y los cuidados. Si ahora nos encontramos en el ojo de este huracán es porque aquí nunca ha interesado tomar conciencia de la necesidad inminente de atender a las necesidades de cuidados.
Que no nos engañen -y ahora no estoy haciendo ninguna distinción de género-, no es nuestra salud, ni nuestro bienestar lo que les preocupa ahora a los gobiernos, es la economía. Siempre es la economía. Ellos no están dispuestos a arriesgar un ápice de su integridad. Ahora, lo que interesa es que todo esto pase, que venga una gran ola y se lo lleve. Ellos pueden dormir tranquilos cada noche porque saben que, cuando despierten, nosotras seguiremos aquí.
© Laura Santiago Díaz. 11/03/2020.
Hace unos días me tropecé casualmente con la frase que da título a esta humilde reflexión. Se le atribuye al ensayista francés Joseph Joubert: «enseñar es aprender dos veces». Desde mi experiencia como docente, no puedo estar más de acuerdo con él.
Adoro mi profesión, pero hay días en los que no entiendo nada y me alegra que sea así puesto que, de hacerlo, me vería tentada a querer bajarme del mundo. Vivimos en una sociedad que se encuentra a la deriva de casi todo. Cada vez hay más gente que ya no se molesta en pensar, gente que confía en que todo puede aprenderse a golpe de clic o mirándose un tutorial de youtube, gente que da por hecho que cualquiera está capacitado para dar lecciones.
Entiendo que los educadores tenemos una gran responsabilidad, pero ¿quién nos defiende cuando ni siquiera sabemos en qué bando luchamos? Si falla la raíz, ¿qué frutos esperamos recoger? En los últimos 50 años se han aprobado en nuestro país hasta siete leyes educativas y esa herida abierta que es el debate de la Educación, se ve más condicionada por los continuos enfrentamientos políticos e ideológicos que por lograr consensuar las verdaderas prioridades de nuestro sistema escolar.
Estamos perdiendo, no ya el norte, sino los cuatro puntos cardinales. La descabellada idea de instaurar un veto parental roza el fanatismo más peligroso, que atenta contra un derecho tan elemental como el que recoge el acceso a una educación que nos permita formarnos como personas libres que debemos saber forjarnos un criterio propio.
En estos tiempos el precio que tenemos que pagar por nuestros principios es demasiado alto, pero no, no podemos sucumbir, no debemos permitir que los centros educativos se conviertan en un campo de minas políticas e ideológicas. Soy madre de dos hijos menores y tengo muy claro que mis hijos no son de mi propiedad. Sus derechos están muy por encima de mis preferencias y me debe tranquilizar que los poderes públicos velen porque sean respetados en todo momento.
El artículo 27 de nuestra Constitución, en su apartado 2, lo recoge de forma muy clara: La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.
Los niños -y, añadiría, que esta máxima es extensible a cualquier etapa de la vida-, necesitan más de modelos que de críticos y no olvidemos que la libertad moral es la madre de toda las libertades. Esta lección me la enseñó la vida, la misma que me enseñó que las soluciones solo se encuentran cuando se buscan y que el objetivo de todo debate no debe ser el triunfo, sino el progreso. No lo olvidemos, con la educación no se juega.
© Laura Santiago Díaz