Asisten a sus días, convencidos

Conozco bien a esa gente.
Gente nublada que se detiene a contemplar el mundo
en los estanques de octubre.
Gente a la que le resbala la miel de cualquier verso.
Impermeables, serios, caminan seguros por el territorio
de cualquier circunstancia.

No titubean, jamás se les despeina un solo gesto.
Asisten a sus días, convencidos.
Se sientan en las gradas a celebrar los goles de su equipo.
Aplauden en los teatros como si hubiesen entendido.

Acuden con devoción a las urnas.
Ciegos de curiosidad, mancos de conciencia.
Fieles siempre a sus finales
porque nunca tuvieron principios.

Es gente ceniza, espuma,
bisagras que oxidan la convivencia.
Gente que necesita rodearse de gente que se le parezca
para no ponerse nunca en duda.

© Laura Santiago Díaz, de El laberinto de mi voz

© De la imagen: elsiglo.cl/2018/01/17/medios-de-comunicacion-poder-politico-y-alienacion/

¿Cuánto vale una vida?

 

¿Cuánto? ¿Cuánto vale una vida? Me formulo esta pregunta a menudo y nunca consigo una respuesta convincente. Responder que la vida no tiene precio sería una afirmación excesivamente cándida. Muchos se apresurarían a rebatírmelo, argumentando que si hablamos en términos económicos, que es lo que interesa, ninguna vida se cotiza por igual.

Recientemente, visitando la web una conocida empresa de seguros, me sorprendí delante de un simulador que calculaba en pocos minutos, cuál es el valor de cualquier vida, en euros. Se le pone precio a un secuestrado cuando se conoce que detrás hay una familia pudiente que está dispuesta a negociar. Si la justicia lo determina, se obliga a los responsables a indemnizar a las víctimas de un accidente. Sin embargo, por una vida estándar y anónima nadie apostaría ni unos céntimos. Hoy en día casi nadie valora los sentimientos, que por otra parte, nos llegan programados desde muchos medios, listos para ser exhibidos en todos los escaparates.

Hace unas semanas, leyendo el periódico me encontré con una noticia espeluznante: en Kazajstán dos médicos han sido acusados de dejar morir en la morgue a un bebé que se movía, alegando que ya tenían el trámite hecho y que corregir el error introducido en el ordenador era algo que suponía demasiado papeleo.

Me horrorizaba continuar leyendo, pero lo hice. Quizá con la esperanza de poder acercarme, un poco más a esa respuesta que llevo tanto tiempo esperando. ¿Cuánto? ¿Cuánto vale una vida? Uno de los médicos ordenó que el pequeño -calificado como fallecido-fuese introducido de inmediato en uno de los contenedores fríos de la morgue de su hospital (en Atyrau). Lo más grave del caso, según apuntaban los fiscales, es que lo hizo a pesar de que movía una de sus piernecitas.

Las autoridades descubrieron el escabroso asunto tras pincharle el teléfono al médico jefe Kuanysh Nysanbaev, que estaba siendo investigado por un caso de soborno. De momento se desconoce la identidad del segundo acusado.

El único error de esta indefensa criatura fue nacer en un momento desafortunado. Quizá quien ordenó el registro negligente en la lista de los neonatos fallecidos había pasado una mala noche. Puede que el bebé intentara llorar, o gritar, pero no lo logró. Tan sólo alcanzó a mover una de sus tiernas extremidades. Alguien se dio cuenta de tan significativo detalle, pero en lugar de actuar con urgencia, decidieron hacerlo conforme a la documentación ya emitida (puede que aquella noche en sus casas, les estuvieran esperando para cenar o que tuvieran una cita importante).

Hace unos días vuelvo a tropezarme con otra noticia espeluznante: en un polígono industrial de Grays, en el condado de Essex (Reino Unido), han hallado 39 cadáveres en el interior de un camión frigorífico. Las autoridades han declarado que el proceso de identificación de las víctimas va a ser largo.

En este punto de la noticia la sangre vuelve a helárseme, mientras regresa la pregunta ¿cuánto? ¿cuánto vale una vida? me sigo cuestionando, con el frío calando ya en los huesos… Una vaga respuesta asoma: nada, una vida no vale ni lo que cuesta una hoja de papel. Parece ser que muchas vidas tampoco valen gran cosa.

© Laura Santiago Díaz

Artículo publicado en la revista cultural Jaula Azul. Pinche aquí para seguir el enlace.

Imagen extraída de https://gmmcomunicacion.com/wp-content/uploads/2015/05/03-valor-cliente.jpg

Día Mundial de la Salud Mental

Hoy se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Este año se centrará de forma especial en la prevención del suicidio. Según los últimos estudios, cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo, lo que se traduce a alrededor de 800.000 personas al año.
Por desgracia es un tema que en mi familia hemos sufrido y seguimos sufriendo desde muy cerca.
Hoy publico este humilde homenaje que dedico a todos los enfermos y familiares que sufren silenciosamente los estragos de las enfermedades mentales. No olvidemos nunca que nadie está a salvo de sus garras.
 
Lo que queda

Lo que queda de ella
balbucea palabras ininteligibles.
Pierde la mirada en acontecimientos
que sólo ella percibe.
Se arrastra por un patio de rosas amputadas.
En su lugar, brotan de las jardineras
cientos de cadáveres de pájaros
que, en sus fantasías, echa a volar hacia la playa.
 
Lo que queda de ella ha perdido su forma,
le ha oscurecido la piel.
Camaleón nocturno que, con suerte,
nunca abre los ojos después de la dosis de las diez.

Aún tiene dos manos, pero son torpes,
como guantes de boxeo.
Con ellas golpea el aire viciado,
esperando abatirlo por KO.
Peleando a la contra con un pasado
que le sonríe desde la tumba.
Contra un futuro que se fuma sus cigarrillos
y se los apaga en la piel.
Son lunares, se miente,
cuando le preguntan en la consulta.

Voy a dejarlo, promete burlona
cuando la pastilla de las tres le devuelve,
por unos instantes, la sonrisa.
Le gusta jugar al escondite con la muerte.
La busca debajo de las ruedas,
cruzando la autopista.
En los precipicios del Orfidal,
en los dientes de los viejos cuchillos de cocina
o en los cristales rotos de las ventanas
por las que ha intentado lanzarse tantas veces.
Esperando que la muerte la encuentre
después de contar hasta diez.
Aplastada contra la acera,
o en un banco del parque, congelada,
sin que nadie pueda reconocerla.

Lo que queda de ella es una vieja muñeca de trapo,
sin pies ni cabeza.
El muñón de un espíritu inmundo,
que se fuma los puros robados con el ombligo,
y la esperanza puesta en el más allá,
del que es huésped desde su prenatalidad.

© Laura Santiago Díaz. De El laberinto de mi voz (Ediciones en Huida)
Imagen extraída de: https://vanguardia.com.mx/sites/default/files/20180723112138_179_0.jpg

La pobreza, una enfermedad de transmisión sexual.

Abro el periódico. Cierro los ojos. En España la miseria es ya una enfermedad hereditaria, como la diabetes o el asma. Otro informe de Cáritas indica que ocho de cada diez niños nacidos en una familia pobre, cargará con el cromosoma de por vida.

Un diagnóstico precoz conseguiría frenar las graves secuelas, pero en nuestro calendario oficial de vacunas, no se recoge ninguna contra la exclusión social. Tampoco la detecta la prueba del talón, ni la cura la aspirina.

La investigación se centra en la transmisión del gen de la pobreza dentro del núcleo familiar, y, el grupo de mayor riesgo es esa tostada quemada que nadie quiere comerse: la familia con hijos a cargo. La familia no es cool y nuestro sistema de impuestos y prestaciones ha sido, y es, uno de los menos efectivos en la redistribución de las rentas familiares de la Unión Europea. El pronóstico es desolador.

Cada vez son más los niños que vienen con un carné de pobre bajo el brazo (lo del pan ya es historia). Para quienes lo padecen desde la cuna, el futuro ya no es una promesa, sino una amenaza.

El bajo nivel educativo, la precariedad laboral o una renta insuficiente son algunos de los factores que propician la transmisión de esta dolencia congénita que, si no se trata a tiempo, puede dejar secuelas irreversibles. Y es que algunos, no sólo se hacen pobres, sino que nacen. C’est la vie. Unos pocos privilegiados tienen la suerte de heredar grandes fortunas o un puesto en una empresa, mientras que a otros les toca la artritis reumatoide, heredada de la abuela o, lo que es peor, la pobreza, ese mal endémico que ahora en España parece ser rentable.

La miseria se hereda, y, ¿quién sabe? si se le puso un impuesto al sol a nadie le extrañaría que pronto se aprobara el ‘impuesto de transmisión de la pobreza’. Y es que, como dijo Gabo en boca del general de El otoño del patriarca, “el día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo”.

Laura Santiago Díaz

Artículo publicado en la revista cultural Jaula Azul (octubre de 2019)