Cerrado por derribo

La inestabilidad del mercado, en el que se compra y se vende la dignidad nos aboca a un futuro apuntalado, sobre todo si eres un edificio viejo que cumple este perfil: desempleado de larga duración, con más de 40 años e hijos a cargo (si eres mujer, ya lo tienes cerrado por derribo).

En el seísmo de los últimos años somos muchos los que a los cuarenta dejamos de soñar lo que queríamos ser para intentar olvidarnos de quienes somos: una cifra que oscila entre las estadísticas de los millones de parados que ha generado este estado del malestar, en cuyo epicentro se confunde el derecho con la caridad.

Irónicamente, cuando se aterriza en el paro, uno se mueve más que nunca, viéndose obligado a peregrinar por la angosta geografía de nuestras Oficinas de Desempleo, por las de la Inseguridad Social o las de Desigualdad y Malestar. Como ahora está de moda blanquear, a todas les han encalado las fachadas cambiándoles el nombre o asignándoles un esclavizante sistema de citas previas con el que evitar las largas colas que tanto afeaban el paisaje (no es agradable el rostro de la miseria, tampoco huele bien).

Introduces tus datos personales y tu código postal (no salta ninguna ventana emergente que te avise que hay que cruzar los dedos). El sistema te asigna una fecha y una hora que no puedes modificar ni anular. Como estás en paro, se te supone vegetando y totalmente disponible. Da igual que en el horario asignado tengas que llevar a tus hijos al colegio o que esa mañana amanezcas con dolor de muelas. El sistema es así, cuando no se cae la red, es dictador hasta el último byte.

Los afortunados que no han tenido que atravesar nunca estos umbrales, jamás sospecharían detalles como que, el más eficiente de toda la oficina es el vigilante de seguridad, que, además de psicólogo es monitor de informática, asesor de formación y turnomatic (la pantalla que indica los números se solidariza uniéndose a menudo a la cola del paro).

Miro a mi alrededor sin querer mirar. Somos muchos los Bartlebys que nos sentamos cada mañana a esperar que nuestro nombre aparezca en la pantalla y, créanme cuando les digo que la mayoría de nosotros preferiría no hacerlo. Algunos de nosotros tiene un buen currículum, titulación universitaria, un par de masters y una decena de cursos. Durante algunos años fuimos maestros en el arte de llamar a puertas cerradas, hasta que un día, ocurrió el milagro del primer empleo. Nos dejamos el corazón, los ojos y la espalda intentando ser imprescindibles en la empresa. De nada sirvió. Un día, tu responsable te llama a su despacho para entregarte la extremaunción de tu despido en un sobre cerrado. Entonces, aún no sospechas que tu muerte laboral y social están cerca.

Por un tiempo, te mantienes con las migajas de la indemnización, quizá tires la casa (que aún le debes al banco) por la ventana, invirtiendo el finiquito en el que será tu penúltimo viaje. Llenas la despensa con kilos de esperanza, envasas algún sueño al vacío para coger fuerzas y retomar la aventura de empapelar, una vez más, la ciudad con tu currículum. Te consuelas pensando que en estos dos años podrás reciclarte, dedicarte a escribir, sobrevivir con el desempleo y disfrutar, mientras lo consigas, de las pequeñas grandes cosas.

Dos años no son nada. Pronto se sucederán las réplicas del primer milagro, y sonará el teléfono, te repites, pero los plazos se van cumpliendo, ya has agotado todas las prestaciones. No ha sido fácil mendigar un subsidio con el que sólo has logrado retrasar tu desahucio. Ahora te hablan del salario y de los comedores sociales, y, de repente, se te caen encima los cascotes de tu autoestima. Ahora sólo eres una aprendiz en el arte que provoca la vergüenza de no llegar a fin de mes. Alguien que, cansado de esperar un empleo que no llega, no se dará por vencido hasta encontrar entre los escombros algún trozo que le devuelva su sombra a tiempo.

© Laura Santiago Díaz

Publicado en la revista cultural Jaula Azul: https://www.jaulazul.es/index.php/entretanto-vivimos/518-cerrado-por-derribo

Presentación del libro

Los nudos de la memoria

Presentación del libro: Los nudos de la memoria

De alguna manera, todos crecemos pensando que el tiempo es inofensivo. Bebemos del mismo vaso roto y la memoria se va llenando de nudos. Ya lo decía Gabo: “recordar es fácil para el que tiene memoria, olvidarse es difícil para quien tiene corazón.”

A lo largo de estos versos, la autora va descubriendo cómo ciertos recuerdos llegan a confundirse con cosas que aún no han sucedido, deteniéndose en esos nudos que, por distintas razones, no logramos desatar.

Presentación del poemario

 “Los nudos de la memoria” Ediciones en Huida 

Autora: Laura Santiago Díaz

Presentan

 Isabel Guerrero y Cristina Consuegra

Sábado 21 de septiembre a las 12:00h.

Librería Luces.

Alameda Principal, 37,  

C/ Trinidad Grund, 30. Málaga

Claro que sí...

Claro que sí…

A Lobo Antunes, otro de mis maestros.

Ya no uso calcetines de croché, ni bragas con garbancitos, ni me pongo un lazo en el pelo. Parece que hace siglos que no soplo las velas del pastel de chocolate que mamá me preparaba cada cumpleaños, ni me sangra la nariz cuando lloro. En realidad, ya casi nunca lloro.

He cambiado mucho, lo sé. Hace años que me depilo las axilas, me crecieron los pechos, encontré trabajo en una notaría. Dejé de vivir con mis padres.

No he vuelto por el barrio. Quizás cerraron la tintorería, el kiosco de la señora Pilar o el bar donde jugábamos a las cuatro esquinas. A lo mejor ahora hay un ciber-café en el porche, bajo el piso donde vivías. ¿Te acuerdas del porche? Los domingos se llenaba como el patio del colegio a la hora del recreo.

Me acuerdo de la última fiesta en mi casa. Cuando abrí la puerta y solo vi a Nono, me desilusioné tanto… Pero, de repente, saliste del escondite, con tus pecas recién pintadas y los brazos ocultando algo detrás de la espalda. ¡Cierra los ojos! Y cuando los abrí, me diste aquel regalo envuelto en papel rojo con lunares dorados. ¡Mira lo que hay dentro! ¡No seas tonta, míralo ahora! Allí mismo, en el rellano de la escalera, desenvolví el paquete con cuidado para no romper el papel. Dentro había una bolsa gigante de sugus y un estuche verde de Snoopy. Luego, a mitad de la fiesta, desapareciste sin avisarme. Yo guardé el papel rojo y la bolsa de caramelos en la caja de zapatos de mis recuerdos, junto a los cromos que me enviaba en sus cartas la prima de Australia y las pelotas de golf que me trajiste al volver de tus vacaciones en Londres.

Nono me dijo que nunca le preguntabas por mí cuando os veíais los veranos en el pueblo. Pero sé que mentía porque siempre le gusté. Lo supe el día que, desde la ventana de la cocina, le sorprendí borrando tu nombre del corazón de tiza que pintamos entre los dos en la puerta trasera de la sastrería. ¡Vaya con Nono! ¿Sabes qué? Llegó a inventarse que estabas saliendo con aquella rubia enclenque, la hija de aquellos amigos ingleses de tus padres. Yo sabía que no era verdad. Fíjate como será que hace poco, cuando por casualidad apareció con su mujer para escriturar un piso en la notaría, me aseguró que te habías casado con la inglesa y que ahora vivíais en Barcelona. Por supuesto, tampoco lo creí. ¿Desde cuándo la gente se casa a los siete años?  

            He cambiado mucho y, desde entonces, no he vuelto por el barrio. Pero aún así estoy segura de que vas a reconocerme el domingo, cuando doble la esquina de la farmacia y me siente en el porche de tu casa a esperar que tu madre te deje salir a jugar conmigo si te acabas el vaso de leche.

© Laura Santiago Díaz. (Relato publicado en Memorias de la pasada tormenta)

Librería Mujeres, Madrid (marzo de 2019)

Mujer sin biografía

Aprendí a talar muros

con esta sierra de palabras

en lugar de seguir deslizándome por los días

hacia la nada memorable vida

que otros insistían en programarme.

 

De no haber sido por los libros

ahora sería una mujer sin biografía.

Gracias a todos estos fantasmas forjé la mía,

considerando propios los recuerdos

y hazañas de otros.

 

Hoy, sin ir más lejos,

acabo de salirme de un relato de Clarice

y ando perdida buscando unas flores

para ese jarrón que compré ayer en Ikea.

Ikea me recuerda que por mí misma

no soy más que un montón de piezas

que no encajan.

Leo las instrucciones,

aprieto bien las tuercas.

Aprovecho los espacios y los tiempos

para crecer sin tambalearme.

El resto del día

vago como cualquier espectro corriente.

Me ocupo de que todo esté en orden en la cocina,

termino el artículo del viernes,

visito a mi madre una vez por semana.

 

Sólo una parte de mí, la que me resulta familiar,

se queda fuera.

Una parte que no se irá

hasta dar con las flores adecuadas

para el jarrón de serie que es mi vida.

(© Laura Santiago. Poema publicado en El laberinto de mi voz, 2017)