«La cita que transita», María Zambrano (domingo, 26 de abril de 2026)

Este domingo, en “La versalita”, hemos dedicado unos minutos de La Cita que Transita a recordar a Sebastián Lasaosa Rogers, un joven cineasta que nos dejó el pasado año, y que siempre tuvo claro que el cine era el púlpito desde el que predicaba, y os propongo que le dediquemos nuestros textos a su memoria. La frase que proponemos está extraída de “Claros del bosque”, de la gran filósofa malagueña, María Zambrano: «Vivir es ir hacia lo que no se sabe»,

El 27 de abril, a las 18:30h. se proyectará en el Ateneo de Málaga su premiado documental “Liberando a Juanita”, y esperamos vuestra asistencia.

La cita de esta semana es de la gran María Zambrano, y está extraída de su obra “Claros del bosque” (escrita en 1977), quizá una de sus obras más líricas y profundas, donde desarrolla su idea acerca de la «razón poética» y del conocimiento, como revelación íntima.

La filósofa malagueña, nacida en Vélez Málaga en abril de 1904, fue discípula del pensamiento y de la vida y caminó entre la razón y la poesía para ofrecernos una forma distinta de comprender el mundo: una manera de pensar que escucha, que siente y que se abre a lo invisible.

Su vida estuvo marcada por el exilio, el silencio y la búsqueda. Y quizá por eso su pensamiento tiene algo de paseo lento, de mirada que se detiene y de palabra que nace con cuidado. En su obra, la filosofía deja de ser solo argumento para convertirse en experiencia.

En Claros del bosque, que para mí es una de sus obras más hermosas, nos invita a entrar —o mejor dicho, a despertar— en esos espacios de claridad que aparecen en medio de la espesura de la vida. Los claros del bosque son momentos de revelación, instantes en los que algo se ilumina, aunque sea brevemente, y nos permiten comprendernos de otra manera.

Y no son respuestas definitivas, sino destellos.

No son certezas absolutas, sino intuiciones.

Pausas donde el pensamiento respira y la vida se deja escuchar.

En tiempos de ruido y prisa, la voz de la autora nos propone algo sencillo y, a la vez, profundamente transformador: detenernos para permitir que la vida nos sorprenda.

Por eso, con la cita de hoy, quiero invitaros a abrir ese claro personal, y a dejar que esta frase resuene porque, como nos enseñó Zambrano, a veces la verdadera comprensión nace cuando nos atrevemos a avanzar hacia lo desconocido.

Os recuerdo que podéis enviar vuestros microrrelatos, (de no más de 7 u 8 líneas a laversalita @rtva.es), hasta el próximo viernes por la mañana.

Os dejo aquí el enlace del programa de hoy:

https://www.canalsur.es/radio/programas/buenos-dias-gente-de-andalucia/detalle/56290332.html?video=2268188

#CanalSurRadio #talleresdeescritura #LauraSantiagoDiaz #LibreriaLuces

Viaje al centro de la mente

Viaje al centro de la mente

Un buen día ella sintió que ya no podía seguir soportando el peso de su armadura. No fue algo que sucediera de golpe. Fue notando cómo la carga aumentaba, de forma sutil. Esta vez no comenzó con una nube sobre ella, como en ocasiones anteriores. Tampoco se descubrió acorralada contra la pared, con la cabeza agachada. Por más que se esforzaba, no lograba recordar el momento en el que sucedió.

Insistió en convocarse bajo la luz de aquella luna. De pronto, se encontró perdida en aquel litoral famélico, contemplando horizontes en los que se veía alejarse de sí misma, despidiéndose de aquellas playas vírgenes, de aquella inocencia. La vista, cada vez más borrosa, se cansaba de mirar, mar adentro.

Las algas se enredaban a sus pensamientos salinos. Empezó a sentirse cómoda entre aquella espuma, sin contornos ni puertos a los que llegar. Fue imaginando, con trazos poco definidos, estrellas y cielos más accesibles. Dejó de tomar decisiones y aceptó que fueran los caminos quienes la eligieran.

Así prosiguió durante un tiempo, detrás de montañas de tejidos multicolores. Los lavaba, los tendía y los planchaba, semana tras semana, sin lograr salir del bucle, salvo cuando acudían, por sorpresa, los fantasmas. Entonces se daba la vuelta o se tumbaba en mitad de la larga autopista del insomnio. Allí, volvía a sentir las cuerdas y sus dedos eran capaces de hacer sonar el universo que tejía, cada noche, desde la sombra de una ventana desvencijada, mientras el paisaje crecía, a lo ancho y lo alto de los días sin firmar.

© De la imagen y del texto, Laura Santiago Díaz.

Claro que sí...

Claro que sí…

A Lobo Antunes, otro de mis maestros.

Ya no uso calcetines de croché, ni bragas con garbancitos, ni me pongo un lazo en el pelo. Parece que hace siglos que no soplo las velas del pastel de chocolate que mamá me preparaba cada cumpleaños, ni me sangra la nariz cuando lloro. En realidad, ya casi nunca lloro.

He cambiado mucho, lo sé. Hace años que me depilo las axilas, me crecieron los pechos, encontré trabajo en una notaría. Dejé de vivir con mis padres.

No he vuelto por el barrio. Quizás cerraron la tintorería, el kiosco de la señora Pilar o el bar donde jugábamos a las cuatro esquinas. A lo mejor ahora hay un ciber-café en el porche, bajo el piso donde vivías. ¿Te acuerdas del porche? Los domingos se llenaba como el patio del colegio a la hora del recreo.

Me acuerdo de la última fiesta en mi casa. Cuando abrí la puerta y solo vi a Nono, me desilusioné tanto… Pero, de repente, saliste del escondite, con tus pecas recién pintadas y los brazos ocultando algo detrás de la espalda. ¡Cierra los ojos! Y cuando los abrí, me diste aquel regalo envuelto en papel rojo con lunares dorados. ¡Mira lo que hay dentro! ¡No seas tonta, míralo ahora! Allí mismo, en el rellano de la escalera, desenvolví el paquete con cuidado para no romper el papel. Dentro había una bolsa gigante de sugus y un estuche verde de Snoopy. Luego, a mitad de la fiesta, desapareciste sin avisarme. Yo guardé el papel rojo y la bolsa de caramelos en la caja de zapatos de mis recuerdos, junto a los cromos que me enviaba en sus cartas la prima de Australia y las pelotas de golf que me trajiste al volver de tus vacaciones en Londres.

Nono me dijo que nunca le preguntabas por mí cuando os veíais los veranos en el pueblo. Pero sé que mentía porque siempre le gusté. Lo supe el día que, desde la ventana de la cocina, le sorprendí borrando tu nombre del corazón de tiza que pintamos entre los dos en la puerta trasera de la sastrería. ¡Vaya con Nono! ¿Sabes qué? Llegó a inventarse que estabas saliendo con aquella rubia enclenque, la hija de aquellos amigos ingleses de tus padres. Yo sabía que no era verdad. Fíjate como será que hace poco, cuando por casualidad apareció con su mujer para escriturar un piso en la notaría, me aseguró que te habías casado con la inglesa y que ahora vivíais en Barcelona. Por supuesto, tampoco lo creí. ¿Desde cuándo la gente se casa a los siete años?  

            He cambiado mucho y, desde entonces, no he vuelto por el barrio. Pero aún así estoy segura de que vas a reconocerme el domingo, cuando doble la esquina de la farmacia y me siente en el porche de tu casa a esperar que tu madre te deje salir a jugar conmigo si te acabas el vaso de leche.

© Laura Santiago Díaz. (Relato publicado en Memorias de la pasada tormenta)