Estudiamos
el modo de salir de donde no estamos seguras de haber entrado. Este mundo
¿quién lo entiende? ¿Qué sentido tiene este pasar de páginas sin haber leído el
libro?
No
sabíamos qué hacer con tanta felicidad, con tanta nostalgia. Ahora, nos llueven
las preguntas, nos ahogan las decepciones. El curioso milagro de vivir, más
allá de la inútil conciencia de no saberse vivido.
Me
inquieta comprobar lo rápido que nos acostumbramos al ruido. No somos
conscientes del exceso de decibelios hasta que alcanzamos un sucedáneo de
silencio -el puro, imagino que solo puede darse en otra dimensión-.
Vendemos
nuestra dignidad por un puñado de promesas que nadie cumplirá. El juego es macabro.
La caza es inevitable. A veces nos vemos obligadas a firmar nuestro epitafio.
Mientras algunas nos afanamos en cambiar las cosas, los guardianes del oro, sindicados
por la avaricia, hacen sus apuestas en la sombra. Mientras las marionetas
mueren a los pies de la inocencia, ellos sonríen desde sus garitas de hiel.
Algunas
pasean con sus vísceras entre las manos, abriendo mucho la boca para poder
respirar. Otras, estudiamos la manera de no desentonar, de que no se nos note
la tristeza. Muchas tenemos que pagar, en efectivo, las deudas de todos
nuestros muertos.
Mientras
algunos opinan, sin que se les haya pedido que lo hagan, otros otorgan con sus
silencios, prostituyendo sus almas vapuleadas, fundidos en una realidad que no
han elegido.
Muchos
ya son maestros en el arte de la persuasión, vendedores de humo, que se llenan
la boca con falsa caridad, que se regocijan lanzando sus sobras a sus esclavos.
Pero
puede amanecer cualquier tarde y nunca es temprano para amar. Frente a un fuego
apagado, me caliento pronunciando tu nombre, delante de un espejo que no me
reconozca.
Puedo
caerme en lo más llano de un verso, besar y ser semilla, hacha y leño.
Puedo
anudar los días, iguales de distintos, y echar en agua este ramo de mañanas
azules y tardes naranjas.
Puedo
quedarme y esperar, o marcharme a pasear la herida que solo el camino podrá
curarme.
Puedo
rendirme ante tu silencio o negociar el precio de tu paz, que también es la
mía.
Puedo seguir lamentándome o darme cuenta de todo lo que gané cuando todo lo creía perdido.
© de la ilustración y del texto: Laura Santiago Díaz