«El vínculo», un libro que, antes de ser escrito, fue soñado.

Se acerca el 8-M y este año vamos a celebrarlo con el nacimiento de «El vínculo», una antología tejida, palabra a palabra, por quince autoras que homenajean a aquellas escritoras que siguen siendo nuestros faros en estas travesías por la Literatura y por la vida. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay?

Menuda sorpresa nos han dado en librería Luces por dedicarnos este escaparate que aquí os muestro porque esta primera edición se la dedicamos a una compañera muy especial, nuestra querida Manene, que seguirá entre nosotras. El pasado 8 de marzo, contigo al frente, nos prometimos dinamitar el ciberespacio en aquel encuentro inolvidable y ¿sabes qué? Cada vez estamos más cerca de conseguirlo y esta publicación ha sido un paso adelante que todas hemos dado —en tu memoria y en la de todas esas mujeres que siguen luchando por un mundo más justo.

Decía Marguerite Duras que, para ella, escribir era “aullar sin ruido; confesar y borrar huellas”. También afirmó que la soledad no se encontraba, sino que se hacía; que ella la hizo y que la literatura nunca le abandonó.

Mientras coordinaba esta antología, pensaba en estas palabras o en las de Clarice Lispector cuando se refería a la escritura como esa maldición que salva, y de pronto, entendí que este vínculo era fruto de una soledad compartida. Después de este tiempo me atrevo a decir que los talleres contribuyen a que escribir deje de ser un oficio solitario para convertirse en un acto de valentía y generosidad. Así lo aprendí de mi maestro, Antonio Almansa y así he intentado transmitírselo a quienes, desde hace más de una década, asisten a nuestros encuentros.

En una de sus conferencias, Ursula K. Leguin —otra de las madrinas de este libro—, afirmaba que:

Por debajo de la memoria y la experiencia, por debajo de la imaginación y la invención, por debajo de las palabras hay ritmos ante los que la memoria, la imaginación y las palabras se ponen en marcha; la tarea de quien escribe es ahondar lo suficiente para sentir ese ritmo y dejar que ponga en marcha la memoria y la imaginación para que estas encuentren las palabras.

Y otra grande, Virginia Woolf, en una de las bellas cartas que le escribe a su amiga Vita, explica que el estilo es ritmo, «la onda en la mente». Esa onda, es decir, el ritmo está antes que las palabras y es lo que propicia el milagro de que éstas encajen. Siempre recomiendo que, una vez escrito un texto, se deje macerar unos días antes de corregirlo y que, una vez revisado, se haga una lectura en voz alta para comprobar que nada “chirríe”, que nada impida que la onda mental se expanda, para que, si algo nos frena, volvamos a ello para pulirlo hasta que el texto fluya.

«Nada pretendo en este poema si no es desanudar mi garganta» escribió Pizarnik a su vuelta de París. Ese es otro privilegio del que gozamos quienes contamos historias: desatar nudos imposibles e inimaginables, dar con esas emociones universales que nos conectan.

En estos últimos años hemos dedicado parte de nuestras sesiones a estudiar la obra de muchas de las autoras que nos apasionan y se nos ocurrió que cada participante de esta antología eligiera a la madrina literaria con la que más se identificaba y explicase los motivos que las unían en su presentación. Luego, Nora Luque Santiago, una de las alumnas más jóvenes, se ofreció a caricaturizarlas y no podemos estar más orgullosas del resultado (gracias infinitas, Nora). Y por supuesto, gracias a la editorial, Bulevar de los libros, por acogernos en vuestro catálogo.

Y para despedirme, sólo quiero desearos que disfrutéis de estas lecturas. Estoy segura de que muchos de los relatos y poemas reunidos en esta antología, germinarán algún día en nuestra memoria, despertando filamentos invisibles que seguirán ampliando la red de este vínculo infinito.

Puedes comprar tu ejemplar en librería Luces o en la web de la editorial.

Edición y prólogo: Laura Santiago

Título
: El vínculo
ISBN: 978-84-127341-9-5
Formato: Rústica con solapas
Páginas: 412

Autoras: Elsa Brigl, Paz Fanlo, Susan Kirstein, Paqui Lara, Montserrat López Rueda, Nora Luque Santiago, Lola de Martín Ana Medina Susana Mérida Jiménez, Mª Jesús Moreno Montilla, Chelo Muñoz Lendínez, Mª del Mar Rodríguez Rus, Yolanda Sancho Moreno, Laura Santiago y Angela Swan.

Portada de "La última noche", de James Salter. Narrativa. Salamandra.

De mis últimas lecturas. «La última noche» de James Salter

Hace tiempo que tenía pendiente esta lectura y no me ha decepcionado. Cada uno de los diez relatos que componen el libro es un retrato impresionista que consigue reflejar la complejidad de las relaciones humanas.

Oí hablar de Salter hace unos años. Decían de él que estaba considerado como uno de los más grandes escritores de la segunda mitad del S. XX, aunque el reconocimiento le llegó muy tarde. En España, Salamandra ha publicado las novelas «Todo lo que hay», «Años luz», «Juego y distracción», y el libro de cuentos que aquí presento.

De esta primera lectura destaco su capacidad para recrear vidas enteras en pocas páginas, su estilo incisivo y su gran dominio de la elipsis.

Todas las historias tienen un ritmo trepidante, aunque no se nota, eso es algo que solo los buenos escritores consiguen. Te llevan a 180km/h por la autopista y no notas las velocidad.

Si tuviera que quedarme con un solo relato, elijo el que le da título al libro: «La última noche».

Vidas intervenidas

Hubo un tiempo en el que dormir era una fiesta pero últimamente los sueños tienen la boca grande y la garganta profunda y muchas nos despertamos  pensando en que la esperanza nunca ha sido tan gris.

Sí, llega un momento en el que las cuentas ya no nos salen. Un buen día descubrimos que el saldo nunca estuvo a nuestro favor y el miedo a estar fuera de nuestro propio alcance nos asalta.

Es fácil sucumbir ante la idea de que nos tienen la vida intervenida, pero siempre nos quedan las salidas de emergencia, esas que durante aquellas noches blancas nos guardamos en el fondo de nuestra chistera.

Tenemos miedo, señoras y señores. Miedo a la altura que está alcanzando tanta bajeza. A que la desidia y el desencanto nos delaten y lleguemos a parecernos tanto a nuestra sombra que nos confundamos con ella.

Con el tiempo, algunas acariciamos nuestras cicatrices y añoramos las heridas. El sistema lo sabe. La ignorancia es rentable, por eso sobrealimentan nuestro miedo al futuro. Es más fácil convencer a quienes no tienen memoria, a quienes no quieren salirse del perímetro de su falso confort.

Mañana, algunos tendrán que conformarse con lamer la medalla concedida a su desmérito, con morder los trozos de su espejo roto. Pero que no nos engañen. El futuro ha echado a volar las páginas de nuestro guion y no estaban numeradas. Veámoslo como una oportunidad para poder partir de cero y mejorar la historia.

© Laura Santiago Díaz

(Fuente de la imagen: https://bit.ly/2E5CdN3)

Se me llenan de olas los ojos

Se me llenan de olas los ojos

Quién nos diría, hace apenas unos meses, que cada día íbamos a amanecer con la incertidumbre tan presente. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿El detonante fue, como cuenta la leyenda, que un chino se comió un murciélago? Todos estaremos de acuerdo en que sea como sea, la película empezó mal y todos deseamos que termine mejor.

Sí, por una vez el tiempo está poniendo algunas cosas en su sitio ¿dónde están ahora todos esos valientes que sólo saben destrozar a pedradas los tejados ajenos? ¿Qué cuento nos creemos? Nadie ha sido educado para sortear las minas de este campo. Algunos no nos hemos visto nunca ante tan poco cielo al que implorar misericordia. Se yuxtaponen las cruces en los mapas y el virus tampoco entiende de clases sociales. Ahora, nos toca ocupar nuestro “no lugar”, aunque a algunos -a los de siempre-, lo único que les preocupa es poder sufragar sus gastos.

Tendremos que agarrarnos fuerte a alguna mentira, suplicar su cobertura y armarnos de estoicismo hasta que amaine la tormenta. Pero, sobre todo, deberíamos llevarlo con la máxima discreción. Al final, todos tendremos que jugarnos la vida al solitario. Aquí no importan tus años de experiencia, ni lo profunda que sea tu esperanza. Ahora, todos somos jueces y parte de un puzle líquido. Ya no nos avalan los pájaros en mano -me alegra comprobar que, por una vez, acertamos quienes siempre apostamos por los cientos volando-.

Ojalá que después de esta deriva, alcancemos una orilla en la que quepamos todos. Mientras tanto, cuidemos del único mango que tiene esta sartén. Si el horizonte aún no se ve, tendremos que pintarlo. Ahora, no tiene sentido ninguna desproporción. Blanqueemos el interior y que se pudran las fachadas. Salvemos sólo lo imprescindible, que es nuestra dignidad. El resto, ya se lo repartirán los buitres.

Dejemos de mirarnos el ombligo, ahora todos somos capitanes de este barco y nos toca remar hacia el único puerto que sigue en pie. Está en juego la vida y eso es muy serio. Algún día le tocará al enemigo tener miedo del antídoto que acabará con él. Mientras tanto, atrincherémonos en casa. Ya imagino los titulares y se me llenan de olas los ojos.

© Laura Santiago Díaz