«Querida madre, sé que si todo lo demás me abandonara, seguirías siendo mi último refugio», extraída de “Carta de Richard Wagner a su madre”, publicada en el libro “Cartas a la madre”, Edición de Nicolas Bersihand, es la cita que proponemos hoy en La Versalita.
Y hoy, que celebramos el Día de la Madre, una fecha que, más allá de lo simbólico o lo comercial, nos invita a detenernos en una figura que la literatura ha explorado con una intensidad inagotable.
Y si algo nos enseña la literatura contemporánea es que ya no basta con idealizarla. Porque la madre no es solo un personaje: es origen —el primer hogar—, es refugio, sacrificio y a veces, herida. Una figura compleja, llena de matices y contradicciones.
La Literatura, poco a poco, ha ido desmontando el mito de la madre perfecta que, aunque haya sido tierra fértil en los versos y pan compartido en las novelas, con el tiempo nos ha enseñado que también hay distancia, cansancio, incluso rechazo. Que maternar no siempre es un acto luminoso, sino también un territorio de conflicto.
Y esta semana, Mariló, me gustaría proponerles a los oyentes escribir una brevísima carta a la madre, en la que le resuman aquello que le dirían si solo contaran con diez o doce líneas para poder expresarlo.
En “Cartas a la madre”, editado por Nicolas Bersihand y publicado por Penguin, se recogen más de cien cartas escritas por personajes célebres, que van desde Mª Antonieta, hasta Mozart, Eugenia de Montijo, Lorca, Machado, Emily Dickinson, Proust, Flaubert, Freud o Gabriela Mistral.
Algunas son verdaderas declaraciones de amor, de las que se desprende ternura, emoción y gratitud, mientras que otras, están llenas de confidencias, secretos, reproches o mensajes de duelo. Con algunas me emocionado y con otras me he divertido muchísimo, como con la de Verlaine, escrita el 4 de julio de 1873, que puerilmente, comenzaba su misiva diciéndole: “Madre, ¡He decidido matarme si mi mujer no viene en tres días!…Pero todas ponen de manifiesto que, en cualquier época y circunstancia, el vínculo materno es único y eterno.
Y quizá por eso sigue siendo un tema tan poderoso: porque en la maternidad se cruzan el umbral y la identidad, el amor y la pérdida, lo que somos… y a veces, lo que intentamos dejar atrás.
Y tal vez hoy, en este Día de la Madre, la mejor forma de celebrarlo no sea idealizar, sino comprender. Leer a las madres en la literatura como lo que son: personajes vivos y complejos, que nos ayudan a entender mejor nuestras propias historias.
Si quieren escuchar el programa, pueden hacerlo en el siguiente enlace:
Este domingo, en “La versalita”, hemos dedicado unos minutos de La Cita que Transita a recordar a Sebastián Lasaosa Rogers, un joven cineasta que nos dejó el pasado año, y que siempre tuvo claro que el cine era el púlpito desde el que predicaba, y os propongo que le dediquemos nuestros textos a su memoria. La frase que proponemos está extraída de “Claros del bosque”, de la gran filósofa malagueña, María Zambrano: «Vivir es ir hacia lo que no se sabe»,
El 27 de abril, a las 18:30h. se proyectará en el Ateneo de Málaga su premiado documental “Liberando a Juanita”, y esperamos vuestra asistencia.
La cita de esta semana es de la gran María Zambrano, y está extraída de su obra “Claros del bosque” (escrita en 1977), quizá una de sus obras más líricas y profundas, donde desarrolla su idea acerca de la «razón poética» y del conocimiento, como revelación íntima.
La filósofa malagueña, nacida en Vélez Málaga en abril de 1904, fue discípula del pensamiento y de la vida y caminó entre la razón y la poesía para ofrecernos una forma distinta de comprender el mundo: una manera de pensar que escucha, que siente y que se abre a lo invisible.
Su vida estuvo marcada por el exilio, el silencio y la búsqueda. Y quizá por eso su pensamiento tiene algo de paseo lento, de mirada que se detiene y de palabra que nace con cuidado. En su obra, la filosofía deja de ser solo argumento para convertirse en experiencia.
En Claros del bosque, que para mí es una de sus obras más hermosas, nos invita a entrar —o mejor dicho, a despertar— en esos espacios de claridad que aparecen en medio de la espesura de la vida. Los claros del bosque son momentos de revelación, instantes en los que algo se ilumina, aunque sea brevemente, y nos permiten comprendernos de otra manera.
Y no son respuestas definitivas, sino destellos.
No son certezas absolutas, sino intuiciones.
Pausas donde el pensamiento respira y la vida se deja escuchar.
En tiempos de ruido y prisa, la voz de la autora nos propone algo sencillo y, a la vez, profundamente transformador: detenernos para permitir que la vida nos sorprenda.
Por eso, con la cita de hoy, quiero invitaros a abrir ese claro personal, y a dejar que esta frase resuene porque, como nos enseñó Zambrano, a veces la verdadera comprensión nace cuando nos atrevemos a avanzar hacia lo desconocido.
Os recuerdo que podéis enviar vuestros microrrelatos, (de no más de 7 u 8 líneas a laversalita @rtva.es), hasta el próximo viernes por la mañana.
“Seguir adelante es la única victoria posible”, una cita extraída de la novela “Ana No”, de Agustín Gómez Arcos, era la frase que proponíamos esta semana a nuestros oyentes, invitándoles a escribir una historia breve en la que llevaran a su personaje a una situación límite, una circunstancia extrema de la que, de alguna manera, logre salir victorioso. Porque, como nos recuerda la protagonista de Ana no, incluso en los momentos más difíciles, resistir ya es una forma de vencer.
Y hoy quiero compartir un consejo para quienes me preguntáis cómo acortar vuestras historias. Hay muchas formas de depurar un texto, pero quizá la más importante es recordar que a escribir se aprende borrando. Hace falta oficio, paciencia y dedicarle horas. Como decía Blaise Pascal en aquella famosa frase: “Perdona que te escriba esta carta tan larga, es que no he tenido tiempo de hacerla más corta”. Y es que la brevedad exige precisión. Y como los textos que enviáis al programa deben ser breves, lo ideal es que el conflicto aparezcan ya desde el principio, en la 1ª o, como mucho, en la 2ª línea. Por ello, os recomiendo comenzar “in media res”, es decir, en mitad de la acción: cuando el personaje ya tiene el agua al cuello, está huyendo, a punto de saltar o enfrentándose a una decisión irreversible. Por ejemplo: “En aquel momento supe que si soltaba su mano, la perdería para siempre”. De este modo, atrapáis al oyente o al lector desde el primer instante.
Y precisamente de resistencia supo mucho Agustín Gómez Arcos, el autor que inspira la cita de esta semana. Nacido en Enix, Almería, en 1933, su vida estuvo marcada por el exilio y la lucha por la libertad. Triunfó en Francia y, sin embargo, durante muchos años fue injustamente olvidado en España, donde quedó arrinconado entre los llamados escritores malditos. Afortunadamente, en las últimas décadas su obra ha sido recuperada y hoy está considerado como una de las voces más importantes del exilio literario español.
Durante los años sesenta, Gómez Arcos comenzó escribiendo teatro en nuestro país, pero sus obras fueron censuradas. Ante esa falta de libertad, decidió exiliarse a París en 1966. Allí comenzó una nueva etapa, escribiendo directamente en francés y alcanzando un gran reconocimiento internacional. De hecho, en Francia cada nueva novela se recibía con un curioso ritual: el chófer del presidente de la República acudía a su casa para recoger un ejemplar dedicado, ya que François Mitterrand admiraba profundamente a aquel autor español que escribía en francés, quizá porque su voz nacía desde la herida y la dignidad.
Leer a Agustín Gómez Arcos es asomarse a una literatura valiente, necesaria y profundamente humana. Una escritura que nace desde la herida, pero también desde la resistencia.
Su exilio fue decisivo tanto en su vida como en su escritura. Desde fuera de España desarrolló un estilo duro, directo y profundamente poético, centrado en la memoria, la injusticia, la represión y el sufrimiento tras la Guerra Civil. Sus novelas, “Ana no”, “El cordero carnívoro”, “María República” “El niño pan” o “El ciego”, entre otras, están protagonizadas, a menudo, por personajes marginados, silenciados o derrotados, pero dotados de una enorme decencia.
Y esa idea es la que quiero trasladaros esta semana: llevad a vuestro personaje a una situación límite, haced que resista, que se enfrente al miedo, que encuentre dignidad incluso en la derrota. Porque, a veces, resistir… ya es una forma de vencer.
Y como siempre, os dejaré más información en mi blog: laurasantiagodiaz.es.
¡Ánimo con esos relatos!
(Gómez Arcos murió como un escritor prestigioso y fue enterrado en el cementerio de Montmartre. Publicó 14 novelas en francés, recibió numerosos premios literarios y fue condecorado con la Orden de las Artes y las Letras francesas en grado de caballero y, posteriormente, de oficial. Además, su obra forma parte del programa educativo de los liceos franceses, algo que demuestra el reconocimiento que alcanzó fuera de nuestras fronteras).
Su exilio fue decisivo tanto en su vida como en su escritura. Desde fuera de España desarrolló un estilo duro, directo y profundamente poético, centrado en la memoria, la injusticia, la represión y el sufrimiento de los vencidos tras la Guerra Civil. Sus novelas están protagonizadas a menudo por personajes marginados, silenciados o derrotados, pero dotados de una enorme dignidad.
Entre todas sus obras destaca Ana no, publicada en 1977. La novela narra el viaje de una mujer de 75 años que atraviesa España para visitar a su hijo encarcelado tras la guerra. Durante ese recorrido, la protagonista recuerda la muerte de su marido y de otros hijos, víctimas de la violencia y la represión. Es una obra breve pero intensa, escrita con un lenguaje contenido, casi austero, que transmite una enorme carga emocional. A través de ese viaje, Gómez Arcos construye un poderoso retrato de la posguerra española, donde la memoria, la dignidad y la resistencia se convierten en los grandes temas que atraviesan la historia.
Además de esta novela, nos dejó una obra breve pero muy intensa, con títulos como El cordero carnívoro, una novela provocadora sobre la represión moral y la violencia familiar en la España franquista; María República, que encarna la memoria de la Segunda República y la derrota tras la Guerra Civil; Escena de caza (furtiva), donde una cacería se convierte en metáfora de la violencia y el abuso de poder; El niño pan, que retrata la infancia marcada por el hambre y la pobreza de la posguerra; Un pájaro quemado vivo, sobre la persecución y la marginación social; o El ciego, una de sus últimas novelas, donde reflexiona sobre la memoria y la identidad.
Os dejo el enlace al programa: https://www.canalsur.es/radio/programas/buenos-dias-gente-de-andalucia/detalle/56290332.html?video=2261514
Con la cita de esta semana: «La locura no es más que una forma extrema de lucidez», extraída de “El hombre del jazmín y otros textos” de Unica Zürn.
invito a los oyentes a explorar, nada más y nada menos que en el laberinto de la mente humana y lo hago con una voz que no buscó ser comprendida… sino sentida:la de Unica Zürn, una de las autoras más interesantes e injustamente olvidadas de las vanguardias europeas.
Unica nació en Berlín en 1916, creció entre las sombras y las fracturas familiares, con un padre ausente, una madrastra insoportable y un hermano mayor que abusaba de ella y muy pronto descubrió que aquella realidad no era un territorio firme, sino algo que podía agrietarse… y transformarse. Pero Zürn no logró huir de esa grieta, sino que decidió arrojarse a ella, como queda reflejado en su impresionante novela “Primavera sombría”, un relato estremecedor, despojado de sentimentalismos o juicios morales.
Su vida dio un giro decisivo cuando, tras divorciarse de su primer marido, que la maltrataba, y perder la custodia de sus dos hijos, tuvo que huir a París en plena Guerra Mundial, donde entra en contacto con el círculo surrealista y donde, —para su desgracia, porque este sí que estaba loco— comienza su tortuosa relación con el artista Hans Bellmer, que la convierte en su musa. En el París de entonces, consigue encontrar un lenguaje que lejos de todo orden, celebraba el caos interior; un espacio donde su escritura y su obra gráfica, florecen con una intensidad impresionante. Porque, si su escritura es inquietante, sus dibujos automáticos lo son aún más. Trazados con una precisión casi obsesiva, sus imágenes parecen surgir de un lugar anterior al pensamiento consciente. Rostros que se multiplican, formas que se entrelazan, figuras que son al mismo tiempo orgánicas y imposibles.
En El hombre jazmín y otros textos, editado por WunderKammer, se recogen gran parte de sus relatos con algunas de sus ilustraciones, que no representan el mundo, sino que revelan lo que hay debajo.
Y en ambos aparece una constante: la disolución del yo. Porque Zürn no se presenta como una identidad fija, sino como un conjunto de fuerzas, de voces y de impulsos que se cruzan y se contradicen y su arte no intenta unificar esas partes, sino mostrarlas en su tensión.
Y quizá ahí reside su potencia: en no ofrecer consuelo.
Su vida estuvo atravesada por episodios de crisis mental, ingresos y una relación cada vez más frágil con la realidad compartida. Pero incluso en medio de esa oscuridad, su obra no deja de ser lúcida. Una lucidez incómoda, extrema, que mira allí donde normalmente apartamos la vista. En 1970 se quitó la vida, arrojándose por la ventana de su apartamento en París.
Y hoy, al acercarnos a su obra, no buscamos entenderla del todo —porque eso sería traicionarla—, os invitamos a que os dejéis atravesar por su lenguaje, a aceptar la incomodidad y a reconocer, aunque sea por un instante, esa zona incierta donde lo real y lo imaginario dejan de ser opuestos. Porque en ese lugar —inestable, oscuro, profundamente humano— sigue resonando la voz de Unica Zürn. Y tal vez, si prestamos suficiente atención, descubramos que esa voz… no nos es tan ajena.