La pobreza, una enfermedad de transmisión sexual.

Abro el periódico. Cierro los ojos. En España la miseria es ya una enfermedad hereditaria, como la diabetes o el asma. Otro informe de Cáritas indica que ocho de cada diez niños nacidos en una familia pobre, cargará con el cromosoma de por vida.

Un diagnóstico precoz conseguiría frenar las graves secuelas, pero en nuestro calendario oficial de vacunas, no se recoge ninguna contra la exclusión social. Tampoco la detecta la prueba del talón, ni la cura la aspirina.

La investigación se centra en la transmisión del gen de la pobreza dentro del núcleo familiar, y, el grupo de mayor riesgo es esa tostada quemada que nadie quiere comerse: la familia con hijos a cargo. La familia no es cool y nuestro sistema de impuestos y prestaciones ha sido, y es, uno de los menos efectivos en la redistribución de las rentas familiares de la Unión Europea. El pronóstico es desolador.

Cada vez son más los niños que vienen con un carné de pobre bajo el brazo (lo del pan ya es historia). Para quienes lo padecen desde la cuna, el futuro ya no es una promesa, sino una amenaza.

El bajo nivel educativo, la precariedad laboral o una renta insuficiente son algunos de los factores que propician la transmisión de esta dolencia congénita que, si no se trata a tiempo, puede dejar secuelas irreversibles. Y es que algunos, no sólo se hacen pobres, sino que nacen. C’est la vie. Unos pocos privilegiados tienen la suerte de heredar grandes fortunas o un puesto en una empresa, mientras que a otros les toca la artritis reumatoide, heredada de la abuela o, lo que es peor, la pobreza, ese mal endémico que ahora en España parece ser rentable.

La miseria se hereda, y, ¿quién sabe? si se le puso un impuesto al sol a nadie le extrañaría que pronto se aprobara el ‘impuesto de transmisión de la pobreza’. Y es que, como dijo Gabo en boca del general de El otoño del patriarca, “el día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo”.

Laura Santiago Díaz

Artículo publicado en la revista cultural Jaula Azul (octubre de 2019)

 

 
Claro que sí...

Claro que sí…

A Lobo Antunes, otro de mis maestros.

Ya no uso calcetines de croché, ni bragas con garbancitos, ni me pongo un lazo en el pelo. Parece que hace siglos que no soplo las velas del pastel de chocolate que mamá me preparaba cada cumpleaños, ni me sangra la nariz cuando lloro. En realidad, ya casi nunca lloro.

He cambiado mucho, lo sé. Hace años que me depilo las axilas, me crecieron los pechos, encontré trabajo en una notaría. Dejé de vivir con mis padres.

No he vuelto por el barrio. Quizás cerraron la tintorería, el kiosco de la señora Pilar o el bar donde jugábamos a las cuatro esquinas. A lo mejor ahora hay un ciber-café en el porche, bajo el piso donde vivías. ¿Te acuerdas del porche? Los domingos se llenaba como el patio del colegio a la hora del recreo.

Me acuerdo de la última fiesta en mi casa. Cuando abrí la puerta y solo vi a Nono, me desilusioné tanto… Pero, de repente, saliste del escondite, con tus pecas recién pintadas y los brazos ocultando algo detrás de la espalda. ¡Cierra los ojos! Y cuando los abrí, me diste aquel regalo envuelto en papel rojo con lunares dorados. ¡Mira lo que hay dentro! ¡No seas tonta, míralo ahora! Allí mismo, en el rellano de la escalera, desenvolví el paquete con cuidado para no romper el papel. Dentro había una bolsa gigante de sugus y un estuche verde de Snoopy. Luego, a mitad de la fiesta, desapareciste sin avisarme. Yo guardé el papel rojo y la bolsa de caramelos en la caja de zapatos de mis recuerdos, junto a los cromos que me enviaba en sus cartas la prima de Australia y las pelotas de golf que me trajiste al volver de tus vacaciones en Londres.

Nono me dijo que nunca le preguntabas por mí cuando os veíais los veranos en el pueblo. Pero sé que mentía porque siempre le gusté. Lo supe el día que, desde la ventana de la cocina, le sorprendí borrando tu nombre del corazón de tiza que pintamos entre los dos en la puerta trasera de la sastrería. ¡Vaya con Nono! ¿Sabes qué? Llegó a inventarse que estabas saliendo con aquella rubia enclenque, la hija de aquellos amigos ingleses de tus padres. Yo sabía que no era verdad. Fíjate como será que hace poco, cuando por casualidad apareció con su mujer para escriturar un piso en la notaría, me aseguró que te habías casado con la inglesa y que ahora vivíais en Barcelona. Por supuesto, tampoco lo creí. ¿Desde cuándo la gente se casa a los siete años?  

            He cambiado mucho y, desde entonces, no he vuelto por el barrio. Pero aún así estoy segura de que vas a reconocerme el domingo, cuando doble la esquina de la farmacia y me siente en el porche de tu casa a esperar que tu madre te deje salir a jugar conmigo si te acabas el vaso de leche.

© Laura Santiago Díaz. (Relato publicado en Memorias de la pasada tormenta)